jueves, 9 de enero de 2014

Ser viejo no es ser inútil

Vivimos en un mundo donde todo sucede a grandes velocidades. Las personas piensan en el resultado inmediato, en el hoy, a cualquier precio y sin ni siquiera molestarse en imaginar las posibles consecuencias. Ahora es todo, el pasado ya fue, no sirve, es obsoleto, y el futuro, está muy lejos.
Mientras tanto, hay una parte de la población que en los últimos tiempos de la humanidad ha recibido todo este impacto y cambio de valores, o desuso de valores si se me permite ser más específico, que son los abuelos, los ancianos, jubilados, viejos, adultos mayores, la tercera edad en fin.
Si uno repasa los principios de la humanidad, en las primeras comunidades medianamente organizadas, es sabido que ser anciano en esa época no tiene la misma significación que en estos tiempos. En la antigüedad, los ancianos eran sumamente respetados y admirados, y sobretodo, escuchados y valorados. Está comprobado que en las sociedades antiguas, estos sabios hombres se dedicaban especialmente a las tareas de alta responsabilidad ciudadana, y a ser consejeros de quien necesitase, así como solidarios interlocutores con los que se podía llevar una gran charla y mucho que pensar. 
Un ejemplo: El gobierno de Esparta estaba constituido por dos reyes y por otros veintiocho hombres mayores de sesenta años quienes formaban una especie de aristocracia popular.
Los hebreos también dieron especial importancia a los mayores. Según el Éxodo, Moisés consideraba a los ancianos como portadores de un espíritu divino, y por ello los llevaba delante del resto del pueblo judío.
Incluso en nuestros días, la tribu Aranda, residente de Australia central, trata con bondad y suma importancia a aquellos adultos mayores de la tribu, dándole cuidados y comida necesarias para preservar a estos. Podemos nombrar a los Witotos del Amazonas, que es gobernada por el consejo de ancianos varones, que gozan de privilegios políticos y sobretodo, de respeto.
En pleno Siglo XXI, la BBC en su versión en español publicó hace tres días una nota que ha rebotado en mi cabeza día y noche: Por qué los suizos y alemanes "exportan" a sus abuelos.
La nota nos comenta la tendencia entre algunas familias alemanas y suizas de elegir una residencia de ancianos para que los mayores de la familia terminen sus días. Lo extravagante es que no es ni siquiera en su tierra natal: uno de los destinos escogidos, es Indonesia. Es decir, las familias deciden que el mayor reciba tratamiento y atención por parte de completos extraños a miles de kilómetros de distancia, en una cultura, clima y valores absolutamente diferentes. 
Una de las razones principales es la enfermedad, y también el tiempo y dedicación que lleva el cuidado de una persona mayor para un matrimonio o adultos que viven un presente lleno de obligaciones, presiones, estrés y contratiempos. Resulta conveniente para ellos conseguir una plaza en lugares dedicados al cuidado de adultos mayores para los ancianos de la familia. Indonesia es un lugar sumamente conveniente por cuestiones económicas y también en cuanto al excelente servicio que parecen recibir los ancianos.
El cuento es muy bonito, y recomiendo que lean la nota. Ahora, ¿es necesario que los abuelos deban viajar a miles de km de distancia para ser cuidados? ¿Ellos realmente quieren eso? ¿Es lo mejor para ellos? Cada cuál es dueño de su billetera y sus decisiones, pero no de la vida de otro. Eso lo aseguro.
Tengo la posibilidad, suerte, bendición de conocer y tener una relación fantástica con mis dos abuelas y un abuelo paterno, y aseguro que cualquier niño ve en la figura de un buen abuelo, a un padre que te deja hacer todo. El abuelo es ese cómplice total, ese padre que no tiene otra cosa más que amor y no sabe regañar al nieto. El abuelo tiene experiencia suficiente como para conocer muchos aspectos de la vida, y muchos pueden valerse por sí mismos incluso, por lo que no es necesaria su alienación sino al contrario, su normal relación con el resto de la familia. Cada familia es un código, composición y mundo distinto, cabe aclarar, pero en mi caso no tengo otro sentimiento más que el que si un deseo me fuera posible de conceder, me gustaría, rogaría y hasta exigiría que los abuelos sean eternos.
Sé que no es más que un sueño de niño, y que no es posible debido al ciclo de la vida. Pero nos queda una oportunidad: la de cuidar, visitar, escuchar, ser escuchado, acompañar y ser acompañados por estos seres, en su mayoría, dotados de un amor y paciencia que solo los años le pueden dar al ser humano. Ellos son dueños de los mejores consejos, las reflexiones más argumentadas posibles y una visión bastante completa sobre los cambios que sufre la sociedad desde que  eran niños, hasta esta etapa de adultos mayores.
Los abuelos tienen valor, tienen valores, son invaluables. Creo firmemente en que una sociedad sana es aquella que escucha a sus abuelos, que les da lugar, los incluye, los comunica y los recibe, les abre los brazos. Como en la antigüedad, como en la Grecia Clásica, como en tantos ejemplos de sociedades que supieron valorar a los mayores, quizá deberíamos copiar el ejemplo. Los abuelos tienen muchísimo para dar, lo único que nos piden es un poco de atención y de respeto. Ellos se encargan del resto...

Dedicado a tres personas irreemplazables de mi vida, les debo muchísimo a Perla, Toti y Susi. Los amo eternamente.
Nicolás Leoni