domingo, 12 de octubre de 2014

Aires de cambio



Como habitantes del territorio americano, hace 5 siglos estamos en deuda con nuestra propia sangre, nuestro propio origen, con nuestros antepasados y la forma de pensar nativa de estas tierras. En el quehacer diario criticamos y nos avergonzamos de ser americanos, buscando nuestro propio ideal en Europa y los Estados Unidos. Adoctrinamos generaciones tras generaciones con una falsa escala cartográfica que magnifica a los países del “norte” occidental, fomenta un sentimiento de inferioridad del hemisferio sur, y el efecto contrario en el norte, según los mapas que cualquiera puede conseguir en una librería, que utilizan la Proyección de Mercator. En el centro simbólico de la representación del mundo, se encuentra a Europa, que se ve amplificado en una escala inexacta con respecto a la real (y absurda), y que crea falsas subjetividades que son trasladadas al pensamiento. Que Groenlandia tenga una superficie más grande que la de África es una falacia (el continente es casi 14 veces más grande que la isla), al igual que Alaska tiene un tamaño considerable frente a Brasil, cuando no es así en escala real.


En varios ejemplos cotidianos vemos reflejado el sentimiento de inferioridad y miedo (del que nos habla Kusch), cuando enaltecemos las grandísimas conquistas del capitalismo, neoliberalismo occidental y los avances europeos. Vemos a lo nuestro como de menor calidad, de menor fuste, como una copia barata de la originalidad europea, dentro de las grandes ciudades americanas que habitamos.
Son invisibles para el ciudadano promedio de Nuestra América aquellos que se consideran inferiores o inexistentes desde los medios de comunicación y la cultura occidental, como pueden ser los gauchos, pueblos originarios o incluso aquellos que piden monedas en las calles. Negamos hasta la posibilidad de dedicar unos segundos de mirada y reflexión a aquellos que vemos diferentes, o a los que simplemente no nos queremos parecer, de modo naturalizado y acrítico, sin más argumentos que lo que veo y escucho, no lo que pienso.


Los gobiernos del sur de América durante muchos años acostumbraron a ser funcionales de las órdenes de “la mano invisible del mercado”, y fueron repetidores y conejillos de indias de las políticas implantadas desde el país del norte, desde el Despacho Oval de la Casa Blanca. Durante las dictaduras del 70/80 que ocuparon el poder en Uruguay, Argentina, Brasil y varios países más de nuestro continente, la presencia e influencia del neoliberalismo ocupó un peso importante dentro del sillón presidencial. No existía otro proyecto en Nuestra América más allá del querer adoptar medidas estadounidenses o europeas, sin adaptarlas a nuestra sociedad, nuestra idiosincrasia. Copiar y pegar. Esta metodología se intensificó (particularmente en Argentina, con el Menemismo), en el que se le hizo un culto al dólar y a los mandatos de la cultura estadounidense y europea.

Entrado el siglo XXI, los aires de cambios que soplaban generaciones anteriores lograron ocupar el poder democrático en países como Bolivia, Uruguay, Brasil, Argentina y Chile. Dirigentes que habían sido activistas, guerrilleros y/o comprometidos por los derechos humanos y políticas contra-hegemónicas lograron llevar a la práctica (con ciertas limitaciones, contradicciones y con el peso de la oposición) sus ideales de juventud, esa rebeldía de plantear países “desde América hacia el mundo”, fortaleciendo el Estado e implantando un discurso de liberación, cambios y búsqueda de soberanía por sobre aquella “mano invisible del mercado” capitalista y otros grandes poderes no políticos, como los lobbies económicos y mediáticos.




Sin hacer proselitismo, considero una obligación personal remarcar a estos procesos político-sociales como los responsables del cambio de mentalidad que se replantea todos los días desde hace casi diez años en los países anteriormente nombrados, en donde todos los días se siembra una Latinoamérica unida, un bloque unificado de naciones integradas bajo el afán de crecer juntas y de ayudarse mutuamente, fortaleciendo las uniones entre países y cambiando la mentalidad de millones de americanos, que empiezan a borrar las fronteras geográficas de su concepción del continente, pero que de ninguna manera tiene como objetivo eliminar a otras culturas, sino reconocer lo propio y en base a ello relacionarse con otras influencias.

De manera progresiva, el cambio de mentalidad ofrecido por las políticas progresistas de los nuevos gobiernos latinoamericanos nos presenta la oportunidad de trascender más allá de la política, economía y relaciones comerciales. Es la chance de seguir por el camino del reconocimiento del hermano latinoamericano, del rehacer la concepción sobre nosotros mismos y la relación con el resto del mundo, no en una relación de nosotros-ellos en forma de conflicto, sino integrarnos a un sistema mundial desde nuestra perspectiva, buscando ir más allá del pensamiento abismal occidental eurocentrico.

Sin dudas los movimientos políticos generados en esta nueva etapa de Nuestra América implican poner en jaque y cuestionar aquello que décadas atrás parecía incuestionable, el paradigma de inferioridad se ve afectado por una corriente contra-hegemónica que invita a pensar diferente, desde América hacia el mundo, teniendo en cuenta la importancia de la diversidad, igualdad y justicia social, en una lucha contra obstáculos poderosos como los temidos holdouts, las críticas internas de los medios más importantes de cada país (con editorial conservadora) y los sectores que persiguen intereses diferentes a los de la línea de gobierno (economistas, ruralistas, etc).


Como ejemplo, según estadísticas oficiales las políticas sociales implementadas por Brasil desde 2003 (Lula) ayudaron a 36 millones de personas a salir de la zona de pobreza extrema. El poder adquisitivo aumentó en los demás países anteriormente mencionados, debido a la redistribución y ayuda estatal de planes dirigidos a los sectores más vulnerables. Además, se generó conciencia civil sobre los derechos con los que cuentan cada uno de los habitantes de América, y de a poco los sectores que durante mucho tiempo fueron invisibilizados por las cúpulas del poder político hoy son apoyadas por el Estado, no solo económicamente.


En un día tan marcado en los calendarios americanos como el 12 de octubre, justamente 5 siglos después de los sucesos que desencadenaron un genocidio sin precedentes, Bolivia elige como presidente otra vez a Juan Evo Morales Ayma (que ocupa el cargo desde 2005).


El cambio de pensamiento latinoamericano es notorio, el siglo XXI se esta ocupando de poner cada cosa en su lugar, de ir poco a poco regresando a los orígenes de estas tierras. Este hombre, un aborigen comprometido con la realidad social de su país y del mundo, es uno de los líderes políticos y sociales del principio de siglo en nuestro continente, con un discurso anti capitalista, socialista, inclusivo y de liberación.
Dictaduras son aquellas de facto, que cometen el delito de sedición. Evo fue elegido por su gente, por el pueblo boliviano tan golpeado durante toda su historia que hoy renueva su confianza en uno de los gobiernos más importantes de los últimos siglos en lo que hoy llamamos América.


Los números solo ilustran un cambio en el timón de las mayorías sudamericanas, que sostienen banderas de igualdad, soberanía, justicia social y desarrollo a favor del ciudadano, no del sector privado (en contrapartida del neoliberalismo). Por supuesto que todo trabajo hecho hasta aquí es mejorable, se han cometido muchos errores y aún hay mucho por hacer, pero sin dudas estas líneas paralelas de pensamiento y acción permiten pensar en que estos países están dando pasos cortos pero firmes hacía la emancipación tan fogoneada por los autores de estas tierras, en pos de una América con amor propio y reconocimiento de sí misma como capaz de crecer y crear, de ser la verdadera América, dando lugar a cada uno de los que forman parte del continente. Esta utopía no parece ser inalcanzable…